Estos epitafios, aunque suenen irónicos, son un grito ahogado de miles de trabajadores que confundieron compromiso con sacrificio, y entrega con abandono. Reflejan una cultura laboral que premia al que se queda callado, al que “pone el hombro” aunque lo estén quebrando, al que responde correos en el baño mientras se le escapa la vida. Nos enseñaron a agradecer tener trabajo, incluso si ese trabajo nos quita el tiempo, la salud y la dignidad. Es cierto nos repiten que “no se trata de vivir para trabajar, sino de trabajar para vivir”, como si fuera una verdad simple y aplicable, como si bastara con proponérselo. Pero la realidad chilena golpea distinto: con sueldos que no alcanzan, empleos inseguros, jefaturas abusivas y un sistema que castiga al que se detiene. En este país, muchas veces trabajar para vivir significa trabajar más de la cuenta, postergar la salud, la familia, el descanso. No es que no queramos equilibrar la vida, es que muchas veces no podemos. Estos epitafios son el retrato de esa contradicción: de personas que lo dieron todo porque no tenían otra opción, porque el miedo a perder la pega era más grande que el miedo a perderse a sí mismos. Por eso esta reflexión no es solo una crítica, sino también una invitación urgente: a cuestionar esta cultura laboral que romantiza el aguante, a exigir condiciones dignas, y a recordarnos que, aunque sea difícil, tenemos derecho a una vida que no comience y termine en la oficina. #abogadorodolfomarin #trabajadores #derechoslaboralea #jefe #empleador
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